DANNY CITRINOWICZ: “CONVERTIR A ISRAEL EN GRAN POTENCIA MILITAR NO ES SUFICIENTE PARA GARANTIZAR SEGURIDAD”
Del traductor: Conflictos no se resuelven solo por la fuerza. No crean
a políticos que prometen fuerza y guerra
Uno de los mayores problemas de la política israelí, y
quizás también de la sociedad israelí, es la suposición de que cuanto más
militarista se sea, mejor se protegerá la seguridad de Israel. Pero la
experiencia de los últimos años demuestra que esta ecuación es simplemente
falsa.
Un ejemplo destacado es la campaña entre las guerras en
Siria. En términos de resultados, es difícil definirla como un éxito
estratégico. No detuvo el aumento de poder de Hezbolá, desvió enormes recursos
y atención de la Inteligencia Militar y de las fuerzas de seguridad durante
años, de una manera que inevitablemente se produjo a expensas de la atención a
otros ámbitos, y reforzó una percepción aún más peligrosa: que Israel puede
eludir las iniciativas políticas y depender casi exclusivamente de su
superioridad militar. A esto hay que añadir el proceso de aprendizaje del
enemigo, que ha estado expuesto durante años a las capacidades, los patrones de
acción y los métodos operativos de Israel.
Parece que muchos de los candidatos en las elecciones se
centran en el mismo poder militar y han olvidado ofrecer al público algo
fundamental: esperanza.
En cambio, oímos una y otra vez hablar de más guerras,
más operaciones, el derrocamiento de regímenes y la presentación de casi
cualquier amenaza como una amenaza existencial que exige el uso de la fuerza.
Es evidente que Israel seguirá teniendo enemigos y amenazas, y es evidente que
necesita un ejército fuerte y la voluntad de usarlo. Pero esto no significa que
la solución a cada problema sea otra campaña militar, sobre todo cuando la
guerra se convierte también en un medio para que los políticos demuestren al
público su supuesta «fuerza».
En todo caso, la interminable campaña desde el 7 de
octubre ha demostrado los límites de este concepto. No existe una solución
exclusivamente militar para los problemas fundamentales del Estado de Israel.
Es posible destruir infraestructuras, eliminar comandantes, infligir graves
daños al enemigo y lograr impresionantes éxitos operacionales, pero los logros
militares no se convierten automáticamente en logros estratégicos. Sin un
propósito político y sin una acción que traduzca el poder militar en una mejor
realidad política, incluso el éxito en el campo de batalla corre el riesgo de
ser en vano.
Esta es quizás la lección más importante de la campaña
contra Irán: la capacidad de infligir un daño enorme a un enemigo no es lo
mismo que la capacidad de influir en el futuro. Esta guerra fallida ilustró una
verdad que Israel se niega a aceptar: el uso de la fuerza no es un logro en sí
mismo. Si al final de la tormenta uno se encuentra en una realidad estratégica
más grave que la que tenía antes de usar la fuerza, entonces es difícil afirmar
que se ha ganado.
Ciertamente, hay momentos en que un país no tiene más
remedio que usar la fuerza militar. El 7 de octubre fue uno de esos momentos.
La cuestión no es si Israel debería poder luchar, sino qué hace con su fuerza y
qué realidad
busca lograr con ella.
Y aquí reside el fracaso más profundo. Israel sabe cómo
iniciar acciones militares. Ataca, frustra, aniquila y lanza operaciones. Pero
¿cuándo fue la última vez que Israel inició una acción política significativa?
¿Cuándo puso sobre la mesa su propia visión regional en lugar de responder a
las iniciativas de otros o asumir que la fuerza militar por sí sola resolverá
la realidad?
Entonces nos sorprende que Arabia Saudita no quiera que
el proyecto de via ferroviaria de India a Europa (IMEC) pase por Israel, que el
líder de los Emiratos Árabes Unidos desmienta los informes sobre una visita de
Netanyahu y que las relaciones con Egipto y Jordania estén en su punto más
bajo. No son hechos aislados. Son síntomas del mismo problema: Israel puede
seguir demostrando un enorme poderío militar, pero cada vez le resulta más
difícil convertirlo en influencia política.
Esta es precisamente la diferencia entre fuerza y
estrategia.
Un país no se mide solo por el número de objetivos que
puede destruir, sino también por el número de socios que puede reclutar, por
los corredores económicos que atraviesan su territorio, por las alianzas que
forja y por su capacidad para que otros países lo vean como parte de su futuro.
Israel tiene iniciativa militar. Lo que le ha faltado
durante años es iniciativa política. Mientras siga considerando la primera como
sustituto de la segunda, es probable que gane cada vez más batallas y descubra
que, con cada victoria, su situación estratégica solo empeora.
Por lo tanto, en lugar de regodearse en operaciones
militares, algunas de las cuales fueron tácticamente exitosas, pero no lograron
sus objetivos estratégicos, es apropiado que los candidatos al liderazgo
israelí ofrezcan al público algo más ambicioso que otra guerra.
La esperanza no sustituye al poder militar. Hay que
confiar en él. Pero un verdadero liderazgo debe saber cómo usar ese poder para
crear un horizonte político, alianzas, acuerdos y una mejor realidad regional,
y no para convertir la guerra en el estado permanente de Israel.
Israel necesita líderes que sepan ganar guerras, pero
también que sepan cómo gestionar la victoria políticamente. De lo contrario,
estaremos condenados a una guerra eterna.
Ciertamente, se puede optar por ser Esparta. Pero si esa
es la opción, al menos es apropiado decirle con honestidad al público israelí
cuál es el precio.
No se puede pretender tenerlo todo: llevar a cabo una
política basada en el uso casi constante de la fuerza, renunciar a la
iniciativa política y asumir que, al mismo tiempo, Israel seguirá gozando de la
misma legitimidad internacional, las mismas alianzas regionales, las mismas
oportunidades económicas y la misma libertad de acción política.
Ser Esparta tiene un precio. Este precio no se mide solo
en el presupuesto de defensa o en el número de días de reserva, sino también en
inversiones que no llegan, alianzas que no se concretan, corredores comerciales
que evitan a Israel, relaciones deterioradas con los países de la región y un
distanciamiento gradual del mundo del que Israel aspira a formar parte.
El público israelí podría estar dispuesto a pagar este
precio si se convence de que no hay alternativa. Pero esta debe ser una
decisión consciente, no un resultado oculto tras promesas de que se puede
seguir luchando sin cesar mientras se disfrutan todos los beneficios de la
integración regional e internacional.
Y, sobre todo, cabe decir lo más sencillo: la fuerza
militar es una condición necesaria para la existencia de Israel, pero no puede
ser una estrategia en sí misma.
La historia de Israel demuestra que se puede ser muy
fuerte y, aun así, estar menos seguro.
Fuente: Red X de Danny Citrinowicz, 7-8-2026
Traducción: Daniel Kupervaser
Herzlya – Israel 8-8-2026
https://ojalameequivoque.blogspot.com/
kupervaser.daniel@gmail.com
@KupervaserD
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