UNA GUERRA NO ES UN PARTIDO DE FÚTBOL
Muchos encontraron un paralelismo entre los acontecimientos que caracterizan una guerra con el desarrollo de un encuentro de fútbol.
En su libro “El fútbol a sol y sombra”, el periodista y escritor
uruguayo Eduardo Galeano escribió: "En el fútbol, ritual sublimado de la
guerra, once hombres de pantalón corto, son la espada del barrio, la ciudad o
la nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la
multitud, y les confirman la fe. En cada enfrentamiento entre dos equipos
entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos. El estadio
tiene torres y estandartes, como un castillo, y un foso hondo y ancho alrededor
del campo. Al medio, una raya blanca señala los territorios en disputa. En cada
extremo aguardan los arcos que serán bombardeados a pelotazos, y entre los
arcos, está la zona de peligro”.
George Orwell escribió un ensayo titulado “El espíritu deportivo”, en el
que comparó al fútbol con una guerra. En su artículo publicado en el Tribune,
Orwell detalló: “En la plaza del pueblo, donde eliges bandos y no hay ningún
sentimiento de patriotismo local, es posible jugar simplemente por diversión y
ejercicio. Pero tan pronto como surge la cuestión del prestigio, se despiertan
los instintos combativos más salvajes. A nivel internacional el deporte es
francamente imitar la guerra. Es una guerra sin disparos”.
EL FÚTBOL SEGÚN EDUARDO GALEANO
Si un partido de fútbol es un ritual que sublima una guerra, ¿una guerra
cumplirá con el carácter recíproco con relación a un partido de fútbol?
Tras el sangriento ataque de Hamas a Israel el pasado 7 de octubre, la
primera declaración de Netanyahu, primer ministro de Israel, finalizó como el
grito conjunto de los jugadores de un equipo de fútbol tomados de la mano antes
de pisar el césped: “venceremos, todos unidos venceremos”. El ministro de
defensa de Israel, Yoav Galant también tomó parte en alentar la tribuna
asegurando que “estamos preparados para una complicada confrontación que demanda
coraje, determinación y perseverancia. Nosotros venceremos”
Estos mensajes de aliento de la dirección del equipo rápidamente
influyeron en las tribunas de la sociedad israelí. La reciente
canción de Dudu Aharon titulada “Juntos venceremos” se convirtió en éxito
musical de todas las estaciones radiales, mientras que los historiadores se
ocuparon de hacer revivir un viejo éxito de Yoram Gaon y Noemi Shemer: “No nos
vencerán”. Enormes pancartas con el VENCEREMOS cubrieron todo muro de las ciudades
de Israel.
Los informes diarios del vocero del ejército de Israel se transformaron
en el resumen del comentarista entre los tiempos que detalla los goles que
convertimos a nuestro favor (número de terroristas abatidos, túneles demolidos,
etc.) o goles sufridos en contra (bajas de soldados o daños por misiles del
enemigo, etc.).
Nos saturan con consignas, discursos y cantos dignos de un
precalentamiento de una tribuna antes del comienzo de un partido de fútbol.
Solo nos conformamos con la victoria, ni siquiera empate.
Pero una guerra no es un partido de fútbol. No hay un árbitro que haga
sonar su silbato a los 90 minutos, 90 horas, semanas o meses. Con el cese del
fuego en una guerra no se puede determinar el vencedor o el vencido. A
diferencia del fútbol, en la gran mayoría de las guerras, al final no se
cuentan los goles a favor menos los goles en contra.
El resultado de una guerra para un estado o país se puede considerar
satisfactorio o benéfico, o por el contrario desfavorable o perjudicial, no por
la superioridad o inferioridad bélica manifestada en el campo de batalla, sino
sólo si a su fin se da lugar o no a un hecho político-estratégico, cuya
implementación permite neutralizar las fuerzas que motivaron el inicio de la
confrontación, creando un status que facilite la solución de entredichos
futuros con el adversario por vías pacíficas.
La historia de nuestra región nos ofrece varios ejemplos de humillantes
fracasos militares del momento que se convirtieron en brillantes y sólidos
logros estratégicos a largo plazo, frente a resonantes victorias bélicas
que se transformaron en bombas de tiempo estratégicas.
El acorde final del sorpresivo ataque egipcio a Israel en 1973, la
guerra de Yom Kipur, se proyectó como una clara derrota egipcia. Los
combates concluyeron con el tercer cuerpo del ejército egipcio cercado por
Israel en el desierto de Sinaí, mientras que fuerzas israelíes se instalaron en
la ribera occidental del canal de Suez, en el corazón de tierra soberana
egipcia. Sin embargo, el resultado final de esta guerra
se consolidó en 1982 con la recuperación egipcia de todas sus
territorios conquistados por Israel en 1967 y un acuerdo de paz entre Israel y
Egipto vigente hasta hoy en día.
Difícilmente se puede encontrar quien difiera de la percepción que la
guerra de los 6 días en 1967 significó una brillante victoria israelí.
Desde el punto de vista militar no hay discusión. Sin embargo, el paso del
tiempo demostró que este triunfo bélico se transformó en la semilla
que originó un largo proceso político que amenaza el futuro de Israel como
Estado Judío. De facto, hoy en día Israel domina el territorio del Mediteraneo
al Río Jordán en donde conviven 7,5 millones de judíos al lado de 7,5 millones
de palestinos, con la perspectiva de conformarse en un estado binacional
judío-palestino en donde los factores demográficos aseguran una cercana pérdida
de mayoría judía. Una bomba de tiempo estratégica que nos asegura vivir
permanentemente en un charco de sangre y que el liderazgo israelí le
escapa ya más de 55 años.
Lamentablemente, fuera de prometer un resonante triunfo militar,
Netanyahu se niega a enfrentar los desafíos estratégicos para el día después
del fin de las batallas en Gaza. En vez de cacarear la victoria, sería prudente
que el liderazgo israelí se ponga las botas y decida de una vez por todas
qué es lo que pretende estratégicamente del futuro de Israel.
Ojalá me equivoque.
Daniel Kupervaser
Herzlya – Israel 1-1-2024
kupervaser.daniel@gmail.com
https://ojalameequivoque.blogspot.com/
@KupervaserD
Comentarios
Publicar un comentario