MIKI TODAR GOLDIN: “A PADRES ISRAELÍES DE HIJOS QUE EMIGRAN NO LE ES GRATO PROTESTAR. NO LES SECUESTRARON A SUS HIJOS”

Del traductor: se multiplican los síntomas de la debacle de la sociedad israelí. De paso, sugerir a judíos ingenuos que abran los ojos

 

Una generación entera de padres está descubriendo que el contrato no escrito con sus hijos se ha roto y es demasiado tarde para empezar a organizar un nuevo partido político que los represente. Eso tampoco tiene sentido. Pero este partido, si se hubiera fundado, habría tenido un nombre perfecto: "Reubicación" (expresión en hebreo de jóvenes que deciden emigrar a otro país en búsqueda de mejores horizontes). Su eslogan sería: "Cantemos un himno, ya no hay hogar al que regresar". Sus miembros son padres, abuelos de hijos y nietos que se han "reubicado" —una traducción de lo intraducible, porque su esencia es su extranjería. Su idioma y su ubicación ahora están en otro país.



Los miembros del partido son fáciles de reconocer. En el aeropuerto, en la despedida llegan con maletas llenas de cereales, bamba y sopa de almendras (alimentos que identifica al israelí). Compran dos ejemplares de "Itamar conoce a un conejo" (libro infantil de esos que no pueden faltar en un hogar): uno para casa y otro para el extranjero. Inician video llamadas en un intento desesperado por mantener a sus nietos al teléfono un rato más. Y sus rostros están arrugados, fijos después de todas las veces que les preguntaron: "¿Y bien, y les gusta allí?". y "¿Quieren volver?", y sobre todo la pregunta más áspera: "¿Y tú qué quieres?".

A los miembros del partido no les gusta quejarse. Al fin y al cabo, no secuestraron a sus hijos. También se explican, sobre todo para sí mismos, que los jóvenes siempre han buscado el mejor lugar para vivir. En países normales, esto se llama emigración, y solo en Israel se considera todavía “escaparse". Recuerdan con una sonrisa triste y añoran los días en que a quienes se iban se les llamaba "basura miserable" (Yitzhak Rabin refiriéndose a quienes emigraban de Israel después de la guerra de Yom Kipur). Así que la "reubicación" está bien, incluso infunde respeto.

Es cierto, admiten, duele. ¿Quién no quiere envejecer con sus hijos y nietos a su lado? Y la generación más joven, según el contrato no escrito de la vida, debe devolver el favor y cuidar de sus padres en la vejez. Pero hay otra cláusula en el contrato que menciona la obligación de seguir existiendo. Por lo tanto, deben brindarles a las generaciones más jóvenes las mejores condiciones y no cargarlas con aquellos cuyas vidas están llegando a su fin. Y citan: "Les devolverán la gratitud por lo que les dieron a través de sus nietos".

Pero las noches son duras. El país está siendo destruido y el partido de la “Reubicación” crece. Cada vez más padres con hijos se van. Padres que aman a su país, que dieron mucho por él, trabajaron, lucharon, se sacrificaron y sobrevivieron, formaron familias y criaron hijos. Muchos de ellos no educaron a sus hijos con el lema histórico israelí "el bueno morir por la patria", ni sobre la santidad de la tierra ni sobre la sangre pura derramada que requiere venganza, sedienta de más sangre. La mayoría tampoco creía en ciudadanos de clase A y clase B.

A veces intentaron cambiar, y a veces hicieron la vista gorda demasiado. La mayoría no estaba de acuerdo con el gobierno, pero tenían claro que estas eran las reglas del juego. Y no porque la situación fuera terrible y todos nos odiaran. Simplemente creían que este era su país, el de sus padres y abuelos, y que valía la pena vivir en él. Se lo dijeron a sus hijos, y ellos también lo creyeron. Hablaban la lengua de la tierra, cantaban sus canciones, recorrían los senderos. La mayoría se alistaron al ejército. Al ser liberados, emprendieron el gran paseo por el mundo y regresaron. Como sus padres, buscaron su camino, estudiaron, trabajaron. No siempre estaban de acuerdo con todo lo que sucedía, pero comprendían que era parte del juego y que querían participar en él, en este campo. Ahora comprenden que las reglas del juego han cambiado. Hablan de otra manera. Dicen que ya no es posible. Que la brecha entre la inversión en trabajo y la recompensa es insoportable. Que el costo de la vida es desorbitado, la educación se deteriora, la desigualdad en la carga se agrava y resulta enloquecedora, y que es imposible salir a otro periodo de la reserva en el ejército por intereses del acusado por corrupción (Netanyahu) y sus ayudantes, para santificar una tumba o una fortaleza que fue o no fue, y para preservar a la juventud dorada en Cisjordania que puede desarraigar, golpear, quemar y matar a quienes se niegan a abandonar las colinas que fueron destinadas solo a judíos en nombre de Dios y una coalición. Y, sobre todo: es imposible pensar en enviar a sus hijos a esos lugares en el futuro.

Y los padres, miembros del partido, escuchan con dolor y están de acuerdo con cada palabra. Y, sin embargo, egoístas como ellos no quieren que sus hijos y nietos se vayan a otro país. Y también quieren que se vayan. Quieren decirles que tienen que luchar para salvar al país de sus destructores, pero también sienten que quizás ya no haya ninguna posibilidad. Que esta es una guerra perdida.

Muchos miembros del partido de la Reubicación marcan las próximas elecciones como una línea roja. Aunque ya se han marcado y cruzado muchas líneas rojas, esta vez les parece que esta es realmente la última. Si el partido de la Reubicación se levantara, gritaría: Esta es nuestra última oportunidad. Si quienes tienen el poder de cambiar no lo entienden —si hay otra ronda arrogante, centrada en las pequeñas diferencias, y se les da un portazo en la cara a los socios árabes, con quienes solo se puede lograr un cambio real—, el colapso volverá a ocurrir. El gobierno de la destrucción será elegido de nuevo. La tribu tendrá su voz. Más niños se irán, y los que ya se fueron no volverán. Y los miembros del grupo que crecerá sabrán que sus hijos y nietos permanecerán allí. Que pasarán el resto de sus días esperando las "visitas a una patria perdida" de sus hijos y nietos. Y con las fuerzas que les quedan, con la típica golosina israelí y un libro hebreo, viajarán a visitarlos a otro país. Ambos estarán dolidos. Pero sabrán que, ante esta realidad, la "reubicación" probablemente fue la decisión correcta.

Fuente: Haretz, 26-1-26

Traducción: Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel 26-1-2026

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@KupervaserD

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